Historias de Moncloa: El Palacio de La Moncloa

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Fuente: Ministerio de la Presidencia
Edificio del Consejo de Ministros. Palacio de la Moncloa

AMELIA GONZÁLEZ.- Dentro de la serie de artículos que sobre la historia del Distrito de Moncloa les estamos ofreciendo, hoy vamos a repasar algunos aspectos de la historia del Palacio de la Moncloa que nos cuentan en sus valiosos trabajos de investigación autores como Juan Antonio González Cárceles o María Teresa Fernández Talaya. Gracias a ellos y al trabajo de otros investigadores más, al día de hoy podemos tener conocimiento de que actual Palacio de la Moncloa es heredero de una antigua casa de campo, emplazada en medio de una extensa hacienda agrícola, por la que han desfilado marqueses, duques y reyes.

Su origen se remonta al primer tercio del siglo XVII, cuando Gaspar de Haro y Guzmán, marqués del Carpio y de Eliche, se hizo con las huertas de la Moncloa y Sora, que estaban situadas en el entorno del arroyo Cantarranas. En lo más alto de los terrenos, el marqués ordenó levantar una mansión, conocida inicialmente como Palacete de Eliche y también como Casa Pintada, en alusión a los frescos que adornaban los muros exteriores. Al margen de este dato, poco más se conoce de la fisonomía original del edificio, aunque cabe suponer que fue proyectado con dos plantas y desván, tal y como se desprende de una tasación realizada en el siglo XVIII.

LA DUQUESA DE ALBA

Después de pasar por diversos propietarios, La Moncloa fue comprada en 1781 por María Ana de Silva, duquesa de Arcos, quien acometió la primera gran reforma del palacete, siguiendo las corrientes neoclásicas del momento. Tras su fallecimiento en enero de 1784, la propiedad pasó a su hija, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva, la popular duquesa de Alba retratada por Goya. En 1802 murió la duquesa, ocasión que fue aprovechada por el rey Carlos IV para comprar la finca, con la intención de anexionarla al Real Sitio de la Florida. Cinco años después se le sumaría la Dehesa de Amaniel o de la Villa, contigua a la Moncloa, adquirida igualmente por el monarca. En 1816 el edificio fue restaurado por el arquitecto Isidro González Velázquez, quien procedió a su consolidación y a la eliminación de algunos elementos ruinosos, además de actuar sobre los jardines. Durante el reinado de Isabel II, en 1846, toda la propiedad pasó a manos del Estado Español. En un primer momento estuvo bajo la dependencia del Ministerio de Fomento, hasta que se tomó la decisión de crear un museo, que pudo inaugurarse en 1929. Los trabajos de adaptación fueron dirigidos por Joaquín Ezquerra del Bayo.

En 1955 se llevó a cabo su reconstrucción, para ser utilizado como residencia de personalidades nacionales y extranjeras, principalmente los Jefes de Estado que visitaban España. El proyecto, firmado por Diego Méndez, planteaba un trazado muy alejado del original. Se ideó un edificio de nueva planta, con el que la vieja casa de campo de gusto dieciochesco se transformaba en un palacio de grandes dimensiones, a partir de modelos inspirados en la Casa del Labrador, de Aranjuez, con toques de la arquitectura de los Austrias. Incluso, se tomaron prestados elementos procedentes de otros conjuntos, como las doce columnas del antiguo patio (actual Salón de Columnas), que provienen del Palacio Arzobispal de Arcos de la Llana, en Burgos.

ADOLFO SUÁREZ

Con la llegada de la democracia, el Palacio de la Moncloa fue convertido en la residencia oficial del Presidente de Gobierno y de su familia. Su primer inquilino, con este cometido, fue Adolfo Suárez, que inauguró la casa en 1977.

EVOLUCIÓN ARQUITECTÓNICA Y ORNAMENTAL

A continuación vamos a dar paso a la evolución arquitectónica y ornamental del palacete desde el último tercio del siglo XVIII, cuando alcanzó su máximo esplendor, hasta su destrucción en la Guerra Civil, deteniéndonos brevemente en las aportaciones de sus principales dueños.

Comenzamos con la duquesa de Arcos, su propietaria entre 1781 y 1784, quien puso una especial atención en los interiores. Las estancias fueron decoradas en estilo pseudoclásico, de clara influencia francesa, con abundantes motivos pompeyanos y herculanos.

A este periodo corresponden el Gabinete de los Estucos y el Comedor, presidido por una tribuna de músicos, así como la suntuosa escalera que conducía a la planta superior.

LA BODEGUILLA

En las dos décadas siguientes, la duquesa de Alba prosiguió con la remodelación iniciada por su madre, al tiempo que embelleció los jardines. El Jardín del Cenador, el Estanque de la Fuente Nueva y el Estanque de los Barbos fueron algunas de sus aportaciones. Si bien su mayor contribución fue la enorme cueva construida bajo el palacete, donde se dispuso una mantequería, para el suministro de productos lácteos a la Casa de Alba. De esta mantequería se cuenta que a través de las diferentes reconstrucciones había quedado oculta, y que fue el hijo del presidente Adolfo Suárez quien un día jugando por el jardín del Palacio descubrió sus muros. Este sótano sobrevivió a la Guerra Civil y en él Felipe González estableció su famosa “bodeguilla”.

Por su parte, Carlos IV no realizó demasiadas reformas. Aún así, fue instalada una escalera de caoba en el vestíbulo y se habilitó un despacho, para uso personal del soberano, en uno de los dormitorios.

En tiempos de José I, se procedió a la renovación de la decoración. Esta tarea fue desarrollada por el arquitecto y pintor Juan Digourc, de origen francés. En lo que respecta a la restauración de Isidro González Velázquez, su trabajo fue decisivo para detener el proceso de deterioro en el que se encontraba el palacete, aunque también hizo algunos edificios de nueva factura, entre ellos una Casa de Oficios. Pero, sin duda alguna, la restauración más importante fue la desarrollada entre 1918 y 1929 por la Sociedad Española de Amigos del Arte, bajo la dirección de Joaquín Ezquerra del Bayo.

Esta actuación fue especialmente minuciosa y persiguió recuperar la fisonomía que el palacete tuvo en el siglo XVIII, para ser convertido en museo. Hasta tal punto este espíritu estuvo presente que, a modo de ejemplo, se logró descubrir la decoración helénica que ordenó realizar la duquesa de Arcos para su alcoba y antealcoba, oculta bajo diferentes capas de pintura.

ANTONIO MACHADO Y GUIOMAR

Y para concluir la historia sobre este Palacio de la Moncloa, que tan significativo es para todos nosotros en la actualidad, me pregunto si nos gustaría finalizarla recordando a Antonio Machado y Guiomar, en un imaginativo recorrido por los que fueron unos bellos jardines del Palacio y su Fuente del Amor, que tantas veces fueron testigos de sus paseos y sus amores secretos…/

 

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